Aleteó el sonido muy fuerte como queriendo despertar del sueño y poder llegar a salir de las desgarradas cuerdas de una simple guitarra criolla (que antes fue un árbol). Rápidamente se encontró con dedos parecidos a una rama que apretaban las teclas del Curunpachán y una mirada al cielo que recorría miles de gotas de gotitas. La juventud se acercó en la forma de mil abejas parecidas a ser felizmente africano. Y los tambores nunca dejaron de sonar para que en solo unos meses, el sonido, tenga la oportunidad de expresarse en más formas de las que ellos mismos pudieron imaginarse.